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Adolescentes con autonomía
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| Fecha:
27/07/2010
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Fuente:
lavanguardia.es
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Foto: delas.ig.com.br
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No discutamos sobre autonomía. Preocupémonos por cómo garantizar el acompañamiento educativo en sus decisiones
Jaume Funes. Resulta fácil oír en boca de un adolescente: en mi
casa me tratan como si todavía fuera pequeño. También es habitual que
padres y madres se pregunten: ¿cuándo podemos y debemos dejarle tomar
decisiones importantes? El primero hace tiempo que quiere volar solo.
Los segundos sienten que todavía está "tierno". Este pequeño dilema
familiar se convierte en conflicto social general cuando un chico o
chica de, por ejemplo, 15 años ha de tomar decisiones que suscitan
preocupación en sus mayores. Cuando se arriesgan o cuando se saltan
gravemente las normas y deseamos castigarlos. Cuando han de decidir
sobre su maternidad, cuando los queremos encerrar para que no alteren la
paz adulta. Al final, siempre la duda: ¿a qué edad?
Las respuestas siguen lastradas por dos conceptos:
la madurez y la minoría. El primero de ellos es subsidiario de una
concepción de la infancia como proceso de crecimiento y acumulación,
según la cual hay un momento determinable en el que se han adquirido
suficientes competencias. El segundo depende de la idea jurídica de la
capacidad de obrar y de ser imputado, que las normas han de fijar en una
u otra edad. Antes se es menor, después se es mayor.
Ese
esquema dicotómico es inviable hoy, al menos, por tres grupos de
razones. En primer lugar, porque, desde hace más de dos décadas, tenemos
entre nosotros un nuevo ciclo vital obligatorio y largo que es la
adolescencia. Pero todavía no hemos definido para qué sirve, cuáles son
sus tareas y cuál es su estatus entre los ciclos adultos y las etapas
infantiles. No vale decir que no es ni lo uno ni lo otro.
El
segundo grupo de razones tiene que ver con la psicología de los ciclos
evolutivos. Cada periodo, aunque tenga que ver con el anterior y el
siguiente, tiene sentido en sí mismo. Tiene una lógica interna, unas
necesidades propias, unas conductas singulares. No se es ni una
miniatura adulta ni un proyecto de futuro, se es una realidad de
presente (que puede condicionar el futuro). Estamos obligados a dar
respuestas educativas, sociales, normativas, adecuadas a las
características de cada etapa.
Finalmente, hace 20 años que la
Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos de la Infancia
estableció que los niños y niñas (0-18 años) debían ser considerados
sujetos activos de derechos y no objetos que proteger. Estamos obligados
a descubrir y considerar qué siente y desea un niño de 3 años en una
ruptura familiar. Podemos discutir las condiciones, pero un adolescente
ha de ser una persona con capacidad de autonomía.
Beber, hacerse
un tatoo,tener una tarjeta de crédito, decidir sobre una intervención
médica, etcétera son conductas que las normas regulan para edades
adolescentes y con condiciones diferentes, sin que se pueda inferir un
criterio común más allá de alarmas y estados emocionales del legislador.
Para salir del atolladero, sugiero que adoptemos (y luego apliquemos a
las normas) cuatro criterios:
1. La responsabilidad no es un
concepto penal ni una exigencia adulta de buen comportamiento. Es una
variable educativa. Significa que en todas las edades los niños y las
niñas tienen derecho a respuestas adultas que les responsabilicen, que
les ayuden a tomar conciencia de su conducta y de sus efectos. Con los
adolescentes lo que debemos discutir es qué respuestas adultas son
adecuadas a esa etapa y sirven para responsabilizarlos.
2. Entre
los 12/ 13 y los 18 años ya no estamos en una etapa de tutela sino en
un tiempo de construcción modulada de la autonomía. Han de poder decidir
(teniendo en cuenta su realidad personal, su contexto de vida y la
cuestión sobre la que han de decidir), han de poder equivocarse, han de
poder aprender de sus equivocaciones.
3. Existen dos
obligaciones adultas. Por un lado, poner redes (reducción de daños) para
minimizar los efectos secundarios que van asociados a algunas de sus
conductas (desde el acceso fácil al preservativo al saber cómo no han de
usar una droga). Por otro, no olvidar que los castigos han de estar al
servicio de la responsabilidad, no de las reacciones sociales de
venganza. No hay impunidad porque no encerremos.
4. La verdadera
autonomía es aquella que puede ser acompañada. No hay ningún
adolescente que quiera que lo dejemos solo. Nos necesitan cuando han de
tomar decisiones críticas. Nos necesitan para gestionar el proceso
posterior de sus decisiones, de sus aciertos resignados y de sus
equivocaciones. Pero no sirve un padre broncas ni un profesional que
sólo transmite angustia por el futuro.
Ante una chica
adolescente embarazada, la pregunta que el profesional debe poder hacer
es: ¿en qué persona adulta confías? No discutamos sobre autonomía.
Preocupémonos por cómo garantizamos el acompañamiento educativo de sus
decisiones.
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